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El hombre en busca de sentido (resumen)

El otro día terminé el libro “El hombre en busca de sentido” de Viktor E.Frankl y me gustaría compartir algunos aspectos que he encontrado muy interesantes.

Así que he hecho una especie de resumen/reflexión.

Como psicóloga que soy, supongo que ya tengo cierta debilidad por los libros que hablan de la conducta humana y éste, hablando de algo tan difícil de entender como lo que sucedió en Alemania en los campos de concentración, me ha encantado leerlo desde el punto de vista de un psiquiatra.

Este libro se divide en 2 partes, la primera es la vida en un campo de concentración vivida por un psicólogo y la segunda una obra de teatro que escribió también Frankl. Para mí, claramente es más interesante la primera parte pero bueno, no vamos a anticiparnos y vamos a empezar por el principio.

*Este artículo es bastante largo, si no tienes tiempo de leerlo entero (o te da pereza), te recomiendo que te apuntes aquí debajo y lo escuches. Sino, puedes leer directamente aquí las conclusiones sacadas del libro y así leer lo más más más importante (aunque te recomiendo que lo leas todo porque es interesante ver la reflexión de Frankl de la vida en los campos de concentración de primera mano).

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Para ponernos en situación, sólo quiero copiar un fragmento del prólogo:

“Viktor Frankl vivió lo que enseñaba. Retornó desde el infierno a su ciudad natal. Había perdido padres, hermanos, la mujer, lo había perdido todo… y aun así, estaba libre de cualquier impulso nacido de la rabia y la envidia. De los que volvieron de los campos, del exilio, muy pocos eran como él. Él volvió a ser de seguida lo que había sido: un médico vienés. Negó, desde el principio, la culpa colectiva y destacó repetidas veces las positivas excepciones que acompañan las normas inhumanas. Veía la bondad de las coas que le habían pasado a él i a algunos de sus congéneres, y es así como fue superando la maldad recurrente. “Convertía en bueno aquello que otros malmetían””.

Predicaba el sentido de la vida y lo hacía realidad.

Explica que en los campos de concentración, había una lucha por la existencia de unos contra otros, de todos contra todos. Todo el mundo procuraba protegerse a sí mismo o a la persona más próxima. Su objetivo era evitar estar en la lista del transporte en el último momento, pero para eso, para salvarse, habría otro que lo supliría en su lugar. En situaciones como éstas no hay tiempo de pensar en la moral sino en preservar la vida y por eso, había que dejar los escrúpulos de lado para hacer que otro ocupara su lugar en el transporte. Afirma que sólo se mantuvieron en vida los que no tuvieron escrúpulos en ésta lucha para la conservación de la vida y los que no se acobardaron ni delante la violencia ni delante el robo por amistad. “Los mejores no volvieron”.

Frankl divide en tres fases las reacciones psíquicas del preso delante la vida al campo: la fase de internamiento, la fase de la vida al campo propiamente y la fase después de haber salido.

Lo aprendido en la primera fase de internamiento al campo:

El choque del internamiento precede al internamiento formal. Por una parte, tenía su optimismo que se aferraba a la realidad como quien se está ahogando y se aferra a una brizna de paja: intentaba ver en los presidiaros que los recibieron al bajar el tren, que no estaban tan desnutridos ni tan tristes. Pero no dejaba de ser la ilusión del indulto: la ilusión del condenado a muerte que a última hora será indultado para agarrarse a las últimas esperanzas.

Cuando se dan cuenta que les han quitado, literalmente, todas sus cosas y todo lo que tenían, descubren que ya pueden tachar toda su vida anterior. El punto culminante de las reacciones psicológicas de la primera fase.

Descubren también que el hombre, como decía Dostoievski, “es el ser que se acostumbra a todo”. Descubren que todo lo que habían dicho de “no podría hacer nunca…”, o “no podría vivir sin…” es mentira. Pueden llegar a hacer cosas que nunca se habrían imaginado que harían.

Quien todavía se encuentra en la fase de choque no teme en absoluto la muerte ya que para él, la cámara de gas deja de ser un horror sino que representa aquello que le ahorrará suicidarse. En una situación anormal, una reacción anormal es precisamente la conducta normal.

En la segunda fase, en la vida al campo, aparecen ciertas conductas:

  • Apatía: lentamente se va llegando a una atrofia interior que los va matando a todos. Una añoranza tan profunda y con tanta pasión que no deja sitio para otro sentimiento como morirse. La muerte de las emociones normales va avanzando sin parar. Llega un momento que los que sufren, los enfermos y los muertos se convierten en un espectáculo tan corriente que deja de conmover. La apatía es un mecanismo de defensa necesario para la mente. Toda su vida emotiva se concentra en una sola tarea: conservar su vida.
  • El dolor: la apatía, la indiferencia, el “todo me da igual” interior los llevan a la insensibilidad a las palizas. Lo que más duele es la indignación delante la injusticia.
  • La humillación: lo más doloroso de los golpes es la humillación que los acompaña constantemente.
  • Sueños: los sueños de los presos realizan una regresión a la vida mental más primitiva: sueñan en pan, pasteles, cigarrillos y una bañera de agua caliente. La no satisfacción de las correspondientes necesidades más primitivas hace que el preso las satisfaga en ilusiones primitivas. El sueño más esperpéntico no era más horrible que la misma realidad que los envolvía.
  • Hambre: el instinto de alimentarse ocupa un lugar principal. Las conversaciones (obsesivas) se centraban en la comida mientras el cuerpo empezaba a devorarse a sí mismo consumiendo las propias proteínas de la musculatura, que iba desapareciendo. El canibalismo hizo acto de presencia en los campos de concentración.
  • Sexualidad: no hay obscenidades sexuales, ni en sueños.
  • Ausencia de sentimentalidad: el instinto primitivo, el hecho de concentrarse siempre en la amenazada subsistencia, incide en una desvalorización radical de todo lo que no sirva para esto. Hay una ausencia absoluta de sentimentalidad en todo lo que juzga.
  • Política y religión: en el campo prevalece una hibernación cultural exceptuando la política (cualquier situación militar del momento, aunque llenas de rumores contradictorios que contribuían a una guerra de nervios que agotaba la mente de los presos) y la religión (se realizaban plegarias improvisadas).
  • La huida hacia dentro: hay una tendencia hacia la interiorización para aislarse de ese ambiente horrible y volver a un mundo intelectualmente libre e interiormente rico.
  • Cuando no te queda nada: cuando no te queda nada en este mundo, puedes ser feliz, aunque solo sea por unos instantes, entregándote a las imágenes de la persona querida. El amor es en cierta forma, la última meta y la más elevada a la que un ser humano es capaz de lanzarse. Conversar con tu mujer, aunque ni siquiera sepas que está viva…
  • Meditaciones: abandonarse a sí mismo ocupando la imaginación con vivencias pasadas, con pensamientos cotidianos, de cosas triviales. La intensidad de una vivencia en el arte y la natura puede hacernos olvidar totalmente del entorno. Y pese a lo que se está viviendo, o quizás precisamente por esto, ver la belleza de la natura.
  • Arte: entendiendo el arte como improvisaciones de sesiones de cabaret para reír o llorar o para olvidar un poco. Cantar un par de canciones, recitar alguna poesía, un poco de humor…
  • El humor: el humor es solo un espacio de segundos o minutos pero es un arma de tu alma para seguir con la lucha para la conservación de la vida. Imprescindible para establecer distancia y sobreponerse a cualquier situación. Mucho humor negro. Frankl explica que adiestró a un compañero para el humor. Le propuso obligarse mutualmente para encontrar cada día al menos una historia divertida. Así, una vez en casa y se hubiera reincorporado a su antigua actividad, ya tendría éste hábito aprendido. La voluntad para el sentido del humor, el intento de ver las cosas desde una perspectiva diminuta, es un truco relacionado con el arte de vivir. La grandeza del sufrimiento humano es precisamente una cosa absolutamente relativa, así que, hasta la tontería más grande puede producir la más grande de las alegrías.
  • La suerte es aquello que nos ahorramos: las miserables alegrías de la vida en el campo de concentración representan una felicidad en el sentido negativo de Schopenhauer, es decir, estar libre de sufrimiento. De alegrías en sentido positivo había muy pocas.
  • Juzgar: ¿quién puede juzgar a alguien que da preferencia a sus amigos en una situación donde todo es cuestión de vida o muerte? Ninguno de los presos podía lanzar la piedra sin preguntarse a sí mismo si en una situación parecida, él habría hecho algo distinto…
  • Desaparecer: un interno en un campo de concentración intenta desaparecer literalmente en la multitud. No se trata de sugestión sino una tentativa de salvarse de distinto modo: desaparecer entre las filas de cinco, sumergirse en la masa para auto protegerse al campo, no destacar para nada, no hacer nada, ni la más pequeña que pueda llamar la atención de las SS.
  • Añorar la solitud: estar solo con uno mismo y con sus pensamientos.
  • El destino juega a pelota: cualquier cosa que signifique alargar la supervivencia está bien. Las personas no acostumbran a saber hasta al cabo de cinco o diez años en que ha estado beneficiosas determinados actos y situaciones en su vida. En un campo de concentración, al cabo de 5 o 10 minutos ya lo sabes. La sensación prevalente de ser una simple pelota como intentar no retar al destino, sino dejar que siga su curso siempre que sea posible era el motivo principal para eludir cualquier iniciativa y temer tomar decisiones. La vida al campo comporta decisiones que se deben tomar en cuestión de segundos y pueden ser una opción entre existir y no existir. Por eso, lo más agradable para el preso es que el destino lo releve de la obligación de tener que decidir. La vida al campo degradaba su vida intelectual al nivel más primitivo, convirtiéndolo en un objeto del destino o de la arbitrariedad de los vigilantes y finalmente, de la ansiedad de tener que controlar su propio destino tomando decisiones.
  • Irritabilidad: junto la apatía, tomar decisiones, el hambre, el déficit de sueño que te convierten en apático e irritable hay que sumarle la eliminación de la nicotina y la cafeína (las toxinas de la civilización para mitigar la apatía y la irritabilidad). Además, todos los presos están atormentados con un complejo de inferioridad. Las distintas “clases sociales” en el campo donde estaban arriba los capos, cocineros, intendentes y policías del campo, crearon una reacción psíquica de rencor y envidia en los demás, el efecto de contraste de esta estructura sociológica de la vida al campo. Se desahogaban con chistes maliciosos y si explotaba el conflicto, con las peleas entre presos. El acto reflejo que va de la ira como a emoción al hecho de descargarla en forma de golpes, se abre rápidamente. Uno se tenía que contener con todas sus fuerzas para no pegar.
  • La libertad inferior: la psique humana está inevitablemente y claramente condicionada por su entorno. Entonces, abre a preguntas como: “¿hay libertad de la psique por lo que hace al comportamiento y la actitud delante las condiciones de un entorno concreto?”, “¿El hombre es, entonces, el resultado casual de su constitución física, de su disposición caracterológica y de su situación social?”. La vida al campo ha enseñado que es muy probable que el hombre pueda actuar de otro modo. Los actos heroicos han demostrado que la apatía puede ser superada, que justamente la irritabilidad puede ser reprimida exterior e interiormente, subsistiendo una libertad espiritual, de una actitud libre del yo en relación con el entorno hasta en situaciones como las del campo de concentración. En el campo, te lo pueden quitar todo menos una cosa: el último vestigio de libertad para adoptar una actitud u otra delante determinadas condiciones: la libertad personal. Lo que el campo lo ha convertido aparentemente, es el resultado de una decisión personal. Todos los hombres pueden decidir hasta cierto punto, en qué se convertirán des del punto de vista psíquico: en un típico preso de campo de concentración o bien en un ser humano que también al campo, continúa siendo un ser humano y continúa conservando su dignidad humana. Esta libertad espiritual del hombre, que hasta al momento de nuestro último soplo nadie nos puede robar, es la que también nos da la ocasión de modelarnos en una vida llena de sentido. No sólo tiene sentido una vida activa por el hecho que te permite la posibilidad de hacer realidad unos valores de forma creativa, y no únicamente tiene sentido una vida con placer, es decir, una vida que proporciona la ocasión de realizarse en la vivencia de la belleza, del arte o de la natura sino que la vida tiene sentido hasta cuando, como en un campo de concentración, casi no nos ofrece la oportunidad de hacer reales algunos valores de una manera creativa o experimental, más bien nos ofrece una última posibilidad de configurar una vida plena de sentido, o sea, adoptando una determinada actitud delante las limitaciones externas que nos han sido impuestos en nuestra existencia. Si la vida tiene algún sentido, entonces también debe tenerlo el sufrimiento y es que en cierto modo, el sufrimiento forma parte de la vida, igual que el destino y la muerte. ¿Tiene algún sentido todo este sufrimiento, esta muerte a nuestro alrededor? Si no fuera así, entonces sobrevivir al campo de concentración tampoco lo tendría.
  • El destino… un regalo: la manera como una persona asume su destino, y con él, el sufrimiento impuesto, deja abierta la puerta a un montón de posibilidades a la hora de modelar una vida plena de sentido, hasta en las circunstancias más difíciles. Que como ser humano haya aprovechado las opciones que le ofrecía su dolorosa situación y su difícil destino, o bien las haya desaprovechado, dependiendo de si ha estado valiente y ha tenido coraje, altruista y con dignidad, o bien si ha olvidado su condición humana mientras, en la lucha más encarnizada por la supervivencia, se convierte en aquél animal del rebaño, haciéndose digno del tormento o no. Seguro que sólo pocas y raras personas están capacitadas y son suficientemente maduras para conseguirlo. En todos los sitios el ser humano se ve confrontado con el destino y a dar la cara a la decisión de forjar una obra personal a partir de su circunstancia puramente dolorosa. En nuestro caso, no es probable que acabe siendo un gran destino, por lo cual tampoco es probable que se presente la ocasión de convertirse en una persona de tanta categoría humana.
  • Análisis de la existencia provisional: la duración del internamiento no solo era imposible de delimitar sino también, ilimitado. La palabra latina finis tiene dos significados: final y objetivo. Una persona que no está en condiciones de predecir una forma de existencia provisional tampoco está en condiciones de vivir con un objetivo. Ya no puede existir como cualquier persona con una existencia normal porque no puede proyectarse en el futuro. Por eso, la estructura global de su vida interior se ve modificada. Se producen síntomas internos de decadencia, es una situación psicológica parecida a la que se encuentra una persona al paro. En un campo de concentración, un día, lleno de humillaciones hora tras hora, parecía interminable, sin embargo, una semana parecía que pasara terriblemente deprisa. Vivir al día sin orientar la existencia hacia un objetivo futuro, vivirla tan intensamente con la absoluta falta de futuro hacía que contemplaran su vida desde el punto de vista del pasado, a mirarla como una cosa pasada, como la vida de un difunto. Para una persona que se degrada humanamente porque ningún objetivo de futuro no le sirve de soporte, su vida interior se convierte en una existencia retrospectiva, girando los ojos al pasado. Olvidan que muchas veces, una situación externa extremadamente difícil les proporciona precisamente, la posibilidad de superarse a sí mismos interiormente. En lugar de estructurar las dificultades externas de la vida al campo como una prueba de su resistencia, no se toman seriamente su existencia actual y la degradan a categoría de cosa aliena a la realidad. Todos piensan que la hora de la verdad todavía tiene que llegar cuando en realidad, ya ha pasado. En realidad consistía en que cada preso convirtiera su vida al campo o bien en un estado vegetativo o bien en una victoria interior.
  • Procedimientos psicohigiénicos: se pueden contrarrestar las manifestaciones psicológicas causadas al preso centrando los esfuerzos a orientarlo hacia el futuro, hacia un objetivo futuro. La mayoría de ellos tenían alguna cosa que los sostenía moralmente y a veces relacionado con el futuro. Es propio del ser humano el hecho de poder vivir solo si hay una perspectiva. Para dejar de pensar en los pequeños problemas del campo como qué habría para comer o como sustituir los cordones rotos de los zapatos, Frankl recorrió al truco de verse en una bonita sala de conferencias hablando sobre la psicología en el campo de concentración. Y todo lo que lo torturaba y abrumaba se objetivaba, observaba y describía a través de la ciencia. Consiguió situarse por encima del momento, por encima del presente y del sufrimiento y verlo como si ya hubiera pasado. Quien en el campo de concentración ya no es capaz de creer en el futuro, en su futuro, está perdido. En perder el futuro, pierde su soporte espiritual, se abandona interiormente y se libra a la ruina tanto físicamente como mentalmente. Se ha rendido. Esta renuncia personal tan peligrosa para la vida, tanto el abandono como el hecho de perder cualquier objetivo futuro. Quien conoce la estrecha relación que hay entre el estado de ánimo de una persona y la capacidad inmune del organismo, debe comprender los efectos mortales que puede tener el derrumbamiento en la desesperanza y el desaliento. La mayoría de presos se habían entregado a la esperanza habitualmente ingenua de volver a casa por Navidad pero cuando se acercaba la fecha y las noticias de la prensa no mostraban la más mínima posibilidad de que fuera realidad, se traducía en una alta mortalidad masiva. Nietzsche decía “quien tiene un porqué para vivir es capaz de soportar casi cualquier como. Los presos que fueron perdiendo todos sus referentes no tardaron en abandonarse. ¿Qué se les podía decir a las personas que decían: “ya no espero nada de la vida”?
  • El sentido de la vida: en estos casos, hay que girar todas las preguntas sobre el sentido de la vida, hay que aprender y hay que enseñar a las personas desesperadas que el sentido de la vida no depende en ningún caso de lo que todavía esperamos de la vida, sino más bien, de lo que la vida espera de nosotros. Ya no somos nosotros los que nos preguntamos por el sentido de la vida sino que nos experimentamos a nosotros mismos como receptores de preguntas. Debemos responder, no pensándolo y hablándolo sino tan solo actuando, con un comportamiento adecuado, dando la respuesta adecuada. Al fin y al cabo, vivir no quiere decir otra cosa que asumir la responsabilidad de responder lo que se debe a las preguntas sobre la vida, sobre la responsabilidad de cumplir las obligaciones que la vida adjudica a cada uno de nosotros, la responsabilidad de satisfacer las exigencias del momento. Nunca se puede dar una respuesta general a la pregunta por el sentido de la vida ya que también, las exigencias de la vida son concretas para cada uno de nosotros. Una concreción que implica que el destino de la persona es único y singular para cada uno de nosotros. Su situación concreta le puede exigir que actúe, o que modele su destino de una manera activa, como que aproveche la ocasión para hacer realidad unos recursos viviéndolos, o simplemente que asuma su destino. Cada situación, solo permite una única respuesta, una respuesta correcta. La pregunta del sentido de la vida, no quiere decir otra cosa que la realización de cualquier objetivo que nos obligue a producir alguna cosa creativa.
  • El sufrimiento como mérito: también el sufrimiento se había convertido en un deber con sentido al cual ya no nos queríamos cerrar, aceptando el riesgo de que alguno de nosotros dejara caer lágrimas secretas.
  • Prevenir el suicidio: cuando alguien se había intentado suicidad se aplicaba la orden estricta de no salvarlo pero si había la necesidad de adoptar mesuras preventivas. Era útil demostrarlos que la vida esperaba alguna cosa de ellos, que había alguna cosa en esta vida, en le futuro, que los esperaba: una persona, una obra científica,… el carácter singular y único que distingue a cada persona y que da sentido a cada existencia es tan válido para una obra o una actividad creativa como para otra persona y su amor. Una persona con consciencia de su responsabilidad delante de lo que le espera no será nunca capaz de dañar su vida.
  • Una palabra a tiempo: la psicoterapia colectiva. La influencia directa de ser un modelo siempre es más grande que la conversa, aunque la palabra también resultaba eficaz de vez en cuando.
  • Ayuda psicológica: nadie sabe su futuro, nadie sabe que le espera dentro de una hora. Nuestra experiencia en el campo nos decía que en cualquier momento se podía producir un golpe de suerte. Hablar del futuro y de la incertidumbre, del presente y el sufrimiento que comportaba y el pasado y sus alegrías. “Lo que has vivido no te lo puede quitar ningún poder del mundo”. La vida de un ser humano siempre tiene, y en cualquier circunstancia, sentido y este sentido infinito de la existencia comporta también sufrimiento y agonía, muerte y angustia. Mantener el coraje firme, conscientes que hasta en la falta de perspectivas de nuestra lucha nada nos podía hacer tambalear el sentido ni la dignidad. El sufrimiento y la muerte tienen que servir para evitar la muerte a personas que querían. El sufrimiento debía de tener un sentido.
  • La psicología de los vigilantes del campo: entre los vigilantes había los que eran unos sádicos en el sentido estrictamente clínico. En segundo lugar había los sádicos elegidos para ser vigilantes estrictos. Éstos formaban parte de la selección negativa, es decir, la selección “involuntaria” de presos sádicos que hacían de “capos”. La selección positiva sería los guardias escogidos. En tercer lugar, que eran una parte considerable de los vigilantes, eran los que se habían vuelto insensibles a todas las prácticas sádicas cada vez más elevadas que se realizaban en el campo. Eran hombres insensibilizados y endurecidos. Eran los que rehusaban la práctica del sadismo por iniciativa propia pero tampoco hacían nada para evitarlo. Y en último lugar, los saboteadores que en secreto ayudaban a los presos. La bondad humana la podemos encontrar en todas las personas. En el mundo hay dos tipos de personas: las personas honestas y las deshonestas. Y todas, en general, están repartidas en todos los grupos.
  • ¿Y qué es el hombre? Es el ser que está siempre decidiendo qué es.

Finalmente, la tercera fase es después de ser liberados del campo.

Al estado de absoluta tensión va seguido de una total relajación interior. Pero nadie saltaba de alegría. ¿Por qué? Porque han desaprendido, literalmente, a estar contentos. Tras una perfecta despersonalización, todo parece irreal, improbable, como un sueño, después de tantas veces soñando con ése día…

El cuerpo tiene menos inhibiciones que la mente, así que mientras la mente todavía no lo comprende, el cuerpo empieza a devorar, a comer durante horas y días seguidos. Entonces, llega un día en que la lengua se suelta y con ella el impulso inevitable de hablar y contar lo vivido, hasta que llega un momento en que la emotividad abre una brecha en esa barrera que la había contenido y aquí, empieza su nueva vida y vuelven a ser seres humanos.

El camino que lleva de la gran carga psíquica de los últimos días al campo a la paz espiritual no es un camino sin obstáculos en absoluto. Al ceder la presión bruscamente, aparecen otros peligros. Del mismo modo que la salud física de un submarinista se ve amenazada si sale bruscamente de debajo el agua, también se puede dañar la salud mental de los presos que han estado liberados de repente de una presión psíquica.

A partir de ahora, ellos también podían aprovecharse sin escrúpulos ni vacilaciones de su poder y su libertad. Vivir como si nada tuviera valor por todo lo que le han arrebatado a ellos. Sólo poco a poco pueden reencontrar el camino de la verdad en la que nadie tiene derecho a actuar injustamente, ni tan siquiera la persona que ha sufrido la injusticia.

También aparece la decepción y la amargura de la persona que vuelve a su antigua vida como persona libre. Vuelven a casa y solo oyen las frases habituales de “no sabíamos nada…”, “nosotros también hemos sufrido”,… Y  la decepción de, que después de años pensando que había tocado fondo en cuando a sufrimientos, va constatando que en cierto modo el sufrimiento es insondable y no tiene límites absolutos: la persona puede seguir hundiéndose y hundiéndose cada vez más.

Por otra parte, en el campo se orientaban hacia un objetivo de futuro, que la vida o alguien los estaba esperando. Pero en ocasiones, se descubría que no había nadie ni nada esperando.

En esta vida no existe aquella felicidad que nos pueda resarcir de todo lo que hemos sufrido. Los presos tampoco buscaban la felicidad pero para la infelicidad tampoco estaban preparados. La desilusión que el destino les reservaba con la nueva libertad fue una experiencia que supuso también un gran esfuerzo de superación.

Cualquier preso mirando en perspectiva, no entiende cómo pudo soportar todo lo que el campo le exigía. Aunque también llegó el día en que todo lo que habían vivido en el campo sólo les parecía un sueño perverso. Después de tanto sufrimiento, ya no hace falta temerle a nada de este mundo,…excepto Dios.

— No te creas nada de lo que leas. Primero piénsalo, pruébalo y si te sirve, quédatelo. —

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